Relatos de nuestros tiempos de gloria

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Relatos de nuestros tiempos de gloria

Mensaje  xuzo el Dom Mayo 27, 2012 11:30 pm

Prestad atención jóvenes alumnos, pues hoy os voy a narrar una historia. Una historia de tiempos pasados, de tiempos en los que nuestra raza era gloriosa, de los tiempos en los que el honor se media por la sangre que derramases en el campo de batalla y los enemigos que consiguieras abatir… De los tiempos en los que los héroes de nuestro pueblo aún andaban junto a nosotros antes de retirarse a su largo letargo… Os hablaré hoy de Sotrek, el mayor guerrero que nuestra raza le ha dado al mundo, el auténtico Avatar de la guerra.

Su historia comienza, como la de todos los grandes hombres, con su nacimiento. Sotrek no estaba destinado a nacer, quizás los dioses temieran su ira, quizás simplemente no quisieran que tanta sangre se derramara en su mundo…

Su nacimiento era algo esperado, pues sería el primogénito de su familia. Su madre era ya anciana y las esperanzas de todos en el que su linaje continuase hacía tiempo que se habían apagado. Pero quizás ese fuera su primer acto de rebeldía, su primera batalla, la lucha por existir. El tiempo en que la madre estuvo en cinta fue un tiempo terriblemente doloroso para ella. Los huesos de la mujer ya estaban cansados por el tiempo vivido y el embarazo tuvo múltiples complicaciones. Tantas complicaciones tuvo que a apenas un mes del nacimiento del chico la madre murió con él en su vientre. Y quizás fue el último aliento de su madre el que hizo que Sotrek respirara aire por primera vez, pero cuando sacaron al chico del vientre inerte… respiraba.

La criatura bañada en sangre no lloraba, simplemente respiraba, se movía, como si ya quisiera andar por el mundo que sería su hogar y cuando los médicos lo asearon no pudieron hacer nada sino observar turbados a la criatura. Sus ojos eran rojos como el fuego, de una intensidad tal que las forjas parecían lugares gélidos al lado de su mirada.

La apariencia del joven y las condiciones de su nacimiento fueron motivo de preocupación para los sabios, ese nacimiento era un augurio. Los sabios debatieron acerca del futuro del joven, pensaban que sería de él, observaban los cielos y las montañas en busca de respuestas. Las armas que se forjaron durante la semana del nacimiento del joven Sotrek fueron las armas más afiladas que jamás se hayan creado. Los sabios temieron que tiempos de guerra se acercaran…

Pero tras semanas de deliberación decidieron que el chico debía de ser educado, tener una familia y vivir una vida tan normal como los Dioses quisieran que tuviese… Aún hoy esos ancianos deben escuchar las risas de los Dioses en sus oídos por lo sucedido.

La infancia del chico fue rápida y maduró con gran rapidez. A pesar de que el fuego recorría sus venas, su cuerpo era como el acero templado. Tuvo grandes amigos, y según cuentan su lealtad por sus allegados le buscó algún problema.

Sin embargo algo iba mal en el joven Sotrek, con tan solo siete años ya había tenido más peleas que algunos guerreros en toda su vida. No dudaba en pelear con chicos hasta diez años mayores que el. Nadie sabía porque comenzaban las peleas, sencillamente su paciencia parecía ser solo una sombra producida por las llamas de su ira.

No acabó su educación. Y su familia no tardó en darle el mayor de los castigos, despojarle de su apellido.
Un joven, de no más de diez años ya había sufrido el mayor castigo que una familia podía imponer. Ya no tenía linaje, ni honor, ni hogar. Ahora era un vagabundo, solo en el terrible mundo de las cavernas de fuego. Apartado de la sociedad por todos, incluso los que fueron sus amigos le tenían miedo. Y Sotrek furioso y frustrado decidió hacer lo único que podía, acabar con su vida.

Abandonó las ciudades, pero no hacia la superficie, sino hacia abajo. Hacia los infiernos de fuego eterno que se ocultaban en la tierra, donde el calor arrancaba la carne del hueso, donde el fuego era lo único que quedaba, donde respirar era imposible pues los pulmones se abrasaban, donde los mineros dejaban de excavar pues solo había magma. Ahí bajó Sotrek. Y buscando un fin a sus penurias observó lo que se alzaba ante él.

El corazón de la montaña, una terrible piscina de magma, donde se dice que los herreros rúnicos forjaban las armas de los grandes héroes. Donde se dice que nació el primero de nosotros brotando de la tierra.

El joven apenas podía respirar, su piel roja y sudorosa por el calor. Se sentó en el suelo y notó como su piel se abrasaba por el calor de la roca. Y entonces… lo vio. En el mismo centro del mar de magma se alzaba una isla, como muchas alrededor, fragmentos de hierro y otros metales que aún no se habían fundido y que daban al mar de lava la apariencia de un archipiélago. Ahí, en la isla central Sotrek pudo ver el brillo del filo de un arma.

No podía creerlo, no había nada capaz de aguantar tanto calor durante más de algunos minutos y supo que esa arma era como él. Un arma que no tenía dueño, un arma que daba tanto miedo que debía de ser apartada del mundo… Y supo que esa y no otra, sería su arma.

Haciendo gala de sus últimas fuerzas Sotrek se levantó y comenzó a desplazarse hacia el centro de aquel mar de lava, saltando de isla en isla, dejando todas sus fuerzas en cada salto. Y al fin consiguió llegar a ella. Un hacha, una terrible hacha, de una cabeza, con el largo perfecto, capaz de ser empuñada a una o a dos manos. Las runas de la hoja y el mango eran y estaban hechas sin ninguna duda con el magma de ese infierno. La hoja refulgía con un brillo inigualable y no conocía el metal del que estaba hecha.

La cogió y una terrible descarga de dolor recorrió su mano derecha. El calor que desprendía el arma era insoportable. Como si hubiera metido la mano en el magma. Sus dientes rechinaron y sus músculos se tensaron. Aferró el arma con todas sus fuerzas para arrancarla del suelo y pudo ver como lenguas de fuego salían de ella y recorrían su brazo. Las lágrimas de dolor se mezclaron con el sudor por el esfuerzo y con un último acto de fuerza arrancó el hacha del suelo y el calor que desprendía se apagó.

Agotado por todo Sotrek se desplomó contra el suelo sin fuerzas. Era paradójico que su muerte llegase cuando encontró su arma. Pero al menos pensó que si moría allí moriría completo, con la parte de su alma que le faltaba. Moriría como un guerrero, con su arma agarrada. Y perdió la consciencia.

Nadie sabe que fuerzas intervinieron pero el final de Sotrek, obviamente no fue aquel. Despertó y pudo comprobar que estaba aún en mitad del mar de lava, pero que el camino que había usado para volver ya no estaba y se había fundido, como le sucedía a su propio islote.

Furioso con los Dioses por haberle completado solo para verle morir miró a su alrededor, y maldijo a los cuatro vientos mientras el magma consumía su isla. Cuando ya sentía la lava lamiendo sus botas se dio cuenta de una cosa… no sentía calor. No sudaba, no sentía que el aire le faltase al respirar y no sentía que el suelo ardiera bajo sus pies. Asombrado ante aquello Sotrek hizo el primer juramento del que sería su vida.

“Juro por los Dioses que no moriré aquí, moriré como un guerrero, completo, con mi arma, y no será el fuego, ni el tiempo el que acabe conmigo, sino un enemigo digno”

Y agarrando su hacha y llenando los pulmones de aire saltó. Saltó hacia el magma, sumergiéndose en el. Sintiendo como el calor acariciaba su piel. Pero no se la arrancaba, le reconfortaba, podía sentir como el fuego a su alrededor le arropaba cuando le debería haber consumido.

Y así nació un Avatar, surgiendo como el primero de nosotros, del fuego de las montañas, con el calor de la forja en su pecho y el rojo de la furia en su mirada…






Y aquí concluye la primera parte de la historia de nuestro pueblo jovencitos... No desesperéis pues seguiré relatando las hazañas Sotrek. Pero no hoy, hoy ya es tiempo de descansar...
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